septiembre 02, 2010

Parkour, cuerpos que se deslizan al borde de la geografía urbana

POR Ximena de la Cueva
El parkour es una forma de vida que implica ver y apropiarse del entorno, pero también disciplina extraordinaria, adictiva; después de desplazarse bajo este concepto será inútil ver al mundo sin vislumbrar el paisaje del amante invadido de barreras por cruzar

Descubrir con el ritmo cardiaco
¿En qué parte de la fisiología puede estar la diferencia que nos lleva simplemente a habitar el mundo o a deslizarnos sobre él? ¿En cuál neurotransmisor o condimento puede albergarse el estilo de navegar y asirse de los bordes del espacio? El parkour o parcour es una forma de vida que implica ver y apropiarse del entorno, y al mismo tiempo, dejarse guiar y poseer por él.
Los procesos naturales que suceden a diario dentro y fuera de nosotros pueden pasar desapercibidos a los sentidos, es uno de los regalos que dejamos atados al tobillo de la infancia cuando empezamos a sentirnos y creernos “grandes”. La realidad se nos va transformando en algo ajeno que unas veces entorpece y otras simplifica lo que terminamos por llamar “nuestro camino”. Nombrar lúdicamente a las cosas, pensarlas, arroparlas, lanzarlas a las posibilidades del pensamiento es algo que abandonamos y por eso la subjetivación de lo que nos rodea, mediante su denominación y recorrido, mental y material, deja de pertenecer al campo de nuestra voluntad. Si asumimos la noción de que lo que está fuera de nosotros es infinito, entonces se vuelve indispensable la subjetivación, porque con ella limitamos, contenemos y acotamos la realidad para conocerla e interactuar con ella de una manera específica y volitiva.
Una de las tácticas actuales de existencia, que permanentemente busca esta unión con el paisaje urbano, es el parcour. Por la manera en que se lleva a cabo, se le conoce como el arte del desplazamiento (l'art du déplacement) y quienes lo practican son llamados traceurs si son hombres y traceuses sin son mujeres. Estos trazadores de rutas irrepetibles usan su cuerpo para trasladarse de un sitio a otro, pero con la particularidad de hacerlo corriendo, saltando, deslizándose y aprovechando cualquier elemento fijo del entorno para acelerar su marcha. Recorrer 10 kilómetros por la ciudad, para un traceur significa correr por azoteas y brincar de una a otra, usar rampas para resbalar, escalar pequeños trechos de bardas, hacer escaladas rápidas de muros inclinación pronunciada (grimpear) y saltar toda clase de mobiliario de la ciudad.

Cada origen tiene su paraíso

El significado del término parkour lo encontramos en el francés parcours, para expresar el concepto de recorrido. El origen de esta forma de movilidad humana va de la mano de nuestra especie, pues como cazadores o nómadas las excursiones en ciertas circunstancias hacían necesario el uso de cualquier componente del paisaje para apresurar la llegada o para hacerla de una manera más efectiva. Se sabe que hay grupos en la región central de África que practican esta forma de movimiento y que tienen, como una de las unidades culturales, una concepción del cuerpo estrechamente relacionada con el espíritu, ambos fundamentales para el mantenimiento de la coherencia del grupo a través de su fortaleza y encuentro humilde con su hábitat.
En latitudes, que no latidos, más cercanas, el parcour comenzó a practicarse como disciplina desde finales de 1os años 80 en Francia, a partir del trabajo físico y de investigación empírica de David Belle, hijo de Raymond Belle Lute, quien consideró importante que sus hijos conocieran y practicaran el método natural utilizado por militares como él para aprehender el mundo que al mismo tiempo les rodeaba y contenían al interior de sus organismos. El Método Natural es un sistema que usa exclusivamente elementos del espacio físico para desplazarse y alcanzar los objetivos propuestos; en particular, llegar a un sitio en el menor tiempo y distancia posibles. Con esto en mente, David Belle recorría los tejados, muros, rejas y construcciones urbanas de Lisses, su ciudad natal, y en sus incursiones gestaba el parcour como ahora se conoce, con tendones de hormigón y castillos poblados de libertad.
Con el corazón abierto a conocer las entrañas de los estacionamientos, los atuendos de las azoteas y las posibilidades que cualquier unidad de la ciudad tuviera a bien presentarle, David Belle empezó a desarrollar profesionalmente el parcour como una decisión de vida a los 15 años, un par de años antes que los jóvenes necesariamente deben decidir su forma de existencia, al ingresar a la licenciatura. El lema de la práctica de Bell es, desde entonces, “Ser y durar” (être et durer), a partir del “Ser fuerte para ser útil” (Être fort pour être utile), del Método Natural.

Las pantallas y sus displicencias

Para la primera década del año 2000, varios de los traceurs más importantes en Europa también participaban en películas y la dispersión de la filosofía se hacía evidente en los demás continentes. Cyrill Raffaelli y David Belle son dos de estos constructores de trayectos, además de Yann Hnutra, uno de los fundadores del grupo Yamakasi, que significa cuerpo, espíritu, persona fuerte, en el sentido de resistencia y capacidad para desarrollar todo tipo de actividades sin provocar daño, en lingala, una lengua bantú del Congo y África Central. Uno más de estos creadores de posibilidades es Sebástien Foucan, un free runner, actividad que parte del parkour y de la que se dice tiende más a lo acrobático, aunque en un principio esta era sólo la forma de llamar al parcour en países de habla inglesa. Foucan participó en el tráiler de Mirror’s Edge, uno de los videojuegos donde el parkour es mucho más que una característica para enriquecer visual y vivencialmente la experiencia de juego. La historia sucede en una ciudad donde cualquier tipo de comunicación es controlada por el gobierno y la forma de transmitir mensajes libres es a través de los runners, quienes trasladan físicamente la información en este caso como traceuses, ya que la protagonista es Faith, una chica de 16 años; así es como se construye este juego lleno de símbolos, situado al filo del espejo y que le presenta al jugador un mundo casi monocromático donde los escasos elementos rojos, lo mismo que el guante de Faith, indican los sitios por donde el desplazamiento será posible y habrá esperanza de seguir adelante.

Decisiones corporales

El compromiso con el parcour es una cuestión personal; no hay competencia, ascender sobre la condición individual es el objetivo primordial, y se consigue por medio de la práctica de saltos cada vez más amplios, llegadas y rodadas cada vez con menos impacto y encuentros de salidas desconocidas para el común de los ciudadanos. Aquí no hay rutas trazadas, la solución inmediata y creativa de cada situación enriquece la experiencia a ambos lados del espejo, lo que reduce la resistencia a las diferentes formas de existencia.
En un mundo en el que el cuerpo es visto y amado como herramienta y como conductor y generador de oportunidades, los límites dejan de ser barreras y la materia que lo conforma adquiere las tonalidades de la inmensidad de los encuentros. El organismo de un traceur distribuye los impactos de los saltos para que el efecto sea global; escala rápidamente lo mismo un árbol que una pared y llega ligero a la meta momentánea.
Es posible entonces imaginar a nuestro traceur particular, el que habita nuestro pecho y se ocupa de distribuir el impacto amoroso a lo largo y ancho del cuerpo, nos lleva a recorrer el terreno amado para descubrir sus obstáculos, prominencias y declives ficticios y sanguíneos para salvarlos y usarlos a fin de llegar al siguiente encuentro. Es posible también entender al parkour como una adicción extraordinaria; después del recorrido será inútil ver al mundo sin vislumbrar el paisaje del amante invadido de barreras por cruzar, aquello que Paul Eluard llamaba “las geografías solemnes de los límites humanos”, como una posibilidad inmensa de existencia.
 
Copyright 2009 Opera Mundi. Powered by Blogger Blogger Templates create by Deluxe Templates. WP by Masterplan