POR Óscar Garduño Nájera
Cerró los ojos, pero esta vez empujó su cuerpo, flexionando las piernas, hasta caer de espaldas, tras, frente a la mesa del comedor, donde hay algunas botellas vacías, restos de comida rápida, servilletas hechas bolita, en esa silla de madera cuarteada, un poco borracho y la imagen de quien en un segundo se mira en el suelo y contempla el techo maltratado del departamento. Inmóvil, mientras el corazón galopa por un pecho adolorido, mientras aún alcanza a ver una de las últimas imágenes de Patricia ahí, en el mismo techo, como si repentinamente apareciera sobre el cemento una pantalla en donde una película inicia, y no tiene ganas de moverse, para qué, ni siquiera para hacer el intento y cambiar ese disco de Leonard Cohen y So Long, Marianne al lado del calorcito de Patricia.
Se interrumpen las imágenes de los momentos al lado de Patricia y alcanza a ver, sorprendido, cómo primero se estira una sombra, un vago rumor oscuro que parece agazaparse desde la ventana abierta, luego la sombra adquiere forma y contrasta con el color gastado de la pintura del techo, poco a poco extiende las que parecen ser unas alas, quizás las de un murciélago, hasta que mira cómo ahí, sobre el techo, aparece la figura de un ángel, casi igual a los que conoció por una Biblia con ilustraciones que su madre puso en sus manos el día de su primera comunión. El ángel parece extender aún más sus alas y oscurece por un instante el departamento, como si una nube escapara del cielo por la ventana y decidiera permanecer sobre él, que continúa en el suelo, en la silla.
Recuerda que su padre llegó, dijo algunas cosas y él no le puso atención; de hecho, ya no era raro que las palabras del viejo pasaran así desde la muerte de su madre. Su padre alzó la voz, molesto, y por primera ocasión hizo el intento por demostrar una autoridad de la cual carecía. Él respondió.
—Déjame en paz, carajo, bastante tengo con soportar a Patricia.
Su novia, quien tarde tras tarde acudía al departamento para hacer algo de limpieza, cocinar, ver juntos una película, aunque él siempre se quedaba dormido.
Cierra los ojos. Un viento frío acaricia su rostro, se entretiene en sus facciones y consigue colarse por cada una de las grietas que sirven de arrugas. Sus brazos cuelgan a un lado de la silla como hilos y su cabeza está echada hacia atrás por completo, recargada en el borde de esa inútil silla. El ángel alcanza a estirar uno de sus brazos, los cuales parecen hechos de una sombra aún más densa que la anterior, y él siente que de un momento a otro habrá de sentir su caricia. Es como si tuviera vida propia, como si recorriera todo el departamento hasta dar con él, en la silla, para deslizarse por su frente, por sus labios ligeramente entreabiertos que insisten en pronunciar un nombre.
No sólo recuerda la Biblia, sino su cara de felicidad cuando su madre le pidió cerrar los ojos para un regalito especial. Se siente bien en esa posición, o al menos todavía no siente molestias.
Patricia terminó por fastidiarse. Era una mujer atractiva y los pretendientes le sobraban. En cierta ocasión, luego de que finalizó una mala película, él preguntó:
“¿Qué haces conmigo? Así como tú eres ahora deberías gozar al lado de cualquier hombre bueno”. Remarcó “bueno” burlonamente, sabía que así molestaba a Patricia.
Ella hizo un gesto de lagrimeo, puso una de sus manos en su boca, como si fuese a vomitar, y corrió a encerrarse al baño, donde acostumbraba llorar cada que sentía que él era cruel. No comprendía su actitud. Ella trataba de ser buena pareja, complaciente. Tampoco era nada fácil soportar los reclamos de los vecinos por el ruido, por las peleas a gritos, por las fiestas que casi todos los fines de semana se daban en el departamento, por compartir el amor con amiguitas ocasionales que de vez en cuando llegaban de la mano de un invitado.
No es la primera vez que una sombra así se transforma en un ángel de la Biblia ilustrada. También se aparece de noche, para espantarle el sueño. Al amanecer parecía desintegrarse en las cobijas o convertirse en cucaracha gigantesca con la cual reía y reía.
Necesitaba de Patricia para que al menos se encargara de las compras. Había aprendido a comparar precios y a comprar el ron más barato para cuidar la economía ficticia del hogar; luego lo preparaba con tal maestría que el ron más asqueroso sabía a gloria, o al menos ninguno de los invitados hacía gestos.
Primero una sensación de toques eléctricos recorre su cuerpo. Y ahora siente que el piso del departamento se parte en dos y lo traga: un remolino vertiginoso que en lugar de expulsarlo por las alturas lo avienta más adentro, como si se hundiera sobre su propio cuerpo, y como si ahora todo él fuese de aire. Abre los ojos con un poco de fuerza. La sombra del ángel sigue ahí, arriba, casi embarrada en la pared, tranquilo. Entonces todos sus miedos desaparecen y ahora recuerda la sonrisa de mamá cuando iba entrando a la iglesia.
Así, un buen día, tras darle muchas vueltas al asunto, y justo en el momento en que metía la llave en la cerradura de la puerta, Patricia dio media vuelta y se perdió en la oscuridad del pasillo. Acaso solo llamaba por teléfono al padre de él para enterarse de las nuevas noticias. Tiempo después conoció a otro hombre y, tras un breve noviazgo, se casó por el civil. Sin embargo, día con día, al despertar, Patricia seguía sumida en un mar de preguntas y por respuesta tenía ahora el amor de un esposo que, tras cuatro meses de casados, todavía no alcanzaba a entender los repentinos cambios de ánimo de su esposa.
Por fin el ángel se ha ido. Todo el piso del departamento gira y él ve pasar en un carrusel imágenes de su vida. Tras mucho batallar con la fuerza que parecía hundirlo, logró ponerse a salvo incluso cuando no tiene intenciones de ponerse en pie, antes bien prefiere permanecer en la silla, quizás hasta que su garganta se seque, y entonces sí pararse por algo de beber.
La oscuridad se percibe tras de la ventana y él de alguna manera sabe que ese ángel volverá a aparecer, que tras la penumbra de ese rostro tan semejante al de la Biblia ilustrada verá por última ocasión el rostro de Patricia.





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